..Sócrates un pistolero buscando oro de Enricostro.
SÓCRATES, UN PISTOLERO, BUSCADOR DE ORO.
Sócrates cabalgaba en busca de su oro; en su hermoso caballo, iba a entrar el invierno, así que iba forrado hasta los ojos.
Allá por las montañas cabalgaba, cuando al subir una de las montañas sintió disparo y jaleo cerca.
Bajó de su caballo y subió la montaña. Abajo, en una hondonada, vio una casa ardiendo y un montón de indios que salían corriendo con sus caballos.
Sócrates era persona de pocos líos; años antes fue sheriff de un maldito pueblo, llamado Las Tres Horcas, referido a tres grandes árboles, a la entrada del pueblo.
Así corrió con su caballo hacia la casa, desmontó y entró a la casa. Lo primero que hizo fue apagar el fuego, arrancando todas las cortinas.
Ya apagado, cuando despejó el humo, vio una niña de unos seis años con la cabeza abierta de un hachazo, pero aún vivía.
La cogió y la tumbó en una cama, y vendó la cabeza de la niña, y dejó de sangrar, pero no despertaba.
Así que buscó más personas y, detrás de la casa, encontró a un hombre muerto; supuso que era su padre y, más adelante, una mujer con una flecha en su espalda y en el suelo; parecía muerta.
Se acercó y, viendo que aún respiraba, la tomó y la llevó con la niña y la puso en la cama.
Sócrates no paraba de soplar y refunfuñar, pues lo que le venía encima era bien gordo.
No podía dejarlas allí abandonadas y moribundas.
Salió a coger agua y se dispuso a calentarla.
Ya echó, buscó todos los trapos limpios y se dispuso a sacar la flecha; con la mujer inconsciente sería más fácil. Y lo hizo muy bien.
Así la vendó y a esperar.
Durante la noche la mujer entró en fiebre; Sócrates salió de noche a buscar una planta que una tribu amiga le enseñó para mitigar la fiebre.
Después de un buen rato, con su antorcha regresó. Esta planta debería de ser masticada y puesta en la herida, pero sabía a rayos.
Así al poco rato la fiebre bajó.
Pasaron los días e iban mejorando; él salió a cazar cerca de la casa, vigilándola en todo momento.
Al tercer día la niña despertó, asustada buscando a sus padres. Sócrates la tranquilizó, ¿diciéndole "anda, descansa"?
Al día siguiente, la niña ya estaba andando y no paraba de preguntar.
¿Cómo está mi madre? ¿Bien? ¿Y tú quién eres? —¿Cómo te llamas Dímelo? —Vale, ya te lo digo, yo soy Sócrates, ¿y tú cómo te llamas?
¿Me llamo Merian ?¿Es muy bonito tu nombre? ¿Síiii? ¿Me lo puso mi mamá? ¿A muy bien tienes hambre? ¿Sí mucha?
Bien, cómete esta carne, que está riquísima.
Al rato la madre empezó a moverse; salieron los dos a verla y a calmarla.
Ella miraba aturdida hacia todos lados, buscando a su esposo.
Él le dijo: ¿Ya descansa? ¿Todo ha pasado?
Durante el día se fue reponiendo y se abrazó a su hija: ¿Mi niña, mi niña?
Se repuso y se dio cuenta de que no olía muy bien, decía.
Sócrates les dijo: "Voy a cazar algo, ¿vale?"
Pero hacía un frío de muerte; cuando salió estaba nevando, así que no se alejaría mucho.
Ella preparó la bañera y la llenó de agua calentita, extendió la cortina, que separaba del salón, y se metió dentro; eso la relajó un montón.
Sócrates al rato, con su rifle winchester, disparó a un venado que cayó al instante, tomó su venado al hombro y marchó para la casa.
Aligeró el paso, pues entre los árboles y la maleza ha visto indios escondidos.
Ha entrado en la casa.
Cerrar todas las ventanas y la puerta; tenemos indios.
Efectivamente, de pronto, decidieron atacar la casa, pero Sócrates tomó su rifle winchester y comenzó a disparar; tenía una puntería perfecta.
Volvió la cabeza y, sorprendido, vio a esa mujer toda desnuda en su bañera. Él le dijo: "¿Perdone, siga con su baño, señora?".
Así que comenzaron a caer indios; solo quedó uno que se escondió en la maleza, quizás esperando refuerzos.
Pero Sócrates, que era un hombre con mucho mundo recorrido, sabía que esa noche estarían tranquilos.
Ella se salió de la bañera con una bata.
Él, que creo que en su vida se había bañado, tocó el agua como seguía calentita, se desnudó y se metió dentro, sacó su pipa y se puso a fumar, tan ricamente.
Carolen, viendo esos gayumbos todo sucio y roídos, los cogió y los echó directamente a la chimenea y ardían muy bien; él solo la miró de reojo desde su bañera y siguió tan tranquilo.
Carolen tomó del armario ropa limpia de su marido y se la puso al ladito, de él.
Comenzó a nevar intensamente; las ventanas, al amanecer, estaban todas tapadas, la nieve llegaba hasta el tejado.
Así que pasarían largo tiempo encerrados.
Sócrates comenzó a desglosar el venado; era bastante grande, y tendría para el invierno. Así, en un baúl que la mujer tenía para la comida, metió el venado a trozos con nieve y todo marcharía bien.
Esta noche él dormiría en el suelo con mantas, pues no había más que dos camas; la de la niña era muy chica para él.
Pero ya en el silencio de la noche y la oscuridad de la casa, pues solo la hoguera alumbraba un poco el entorno.
Ella no conciliaba el sueño, después de lo que él había hecho por ellos, pues ya estarían muertos. Se levantó sigilosamente y bajito, le dijo:"Vente a la cama, ahí te morirás de frío".
El muy astuto asestó, y se metió entre ella, ocupándola toda entera, entre sus brazos.
Así él, tocando ese cuerpo perfecto, que tenía, no se pudo aguantar y la hizo suya con mucha ternura.
Ella se dejó amar.
Por la mañana, un ruido los despertó; eran lobos que en el tejado intentaban entrar por la chimenea. Él, en gayumbos largos, tomó su rifle, apuntó a la chimenea y disparó. Bangkok, los lobos salieron huyendo y uno malherido chillando de dolor.
Ella, al ver la pinta que él tenía, empezó a reírse como loca, ja, ja, ja, ja, ja, ja. Él se mira y se reía también. Ja, ja, ja, ja, ja, ja.
Sócrates, como era muy impaciente, no podía estar tantas semanas allí dentro; tomó una pala, abrió la puerta y comenzó a excavar hacia arriba, hasta llegar a la salida.
La niña, como loca de contenta, detrás de él, y cuando salieron, hacía un sol espléndido y se tiraron al suelo haciendo el ángel.
Ella subió como pudo, e hizo lo mismo, y rieron.
Pasaron una tarde estupenda.
Pasó el tiempo, y la nieve iba menguando; ya si podían abrir la puerta. Ella estaba estupendamente, y la niña también.
Sócrates esta mañana ha decidido que tenía que ir a cazar algo para comer, y le ha dicho a Carolen.
¿Voy a salir? ¿Toma este rifle, por si se acerca alguien; yo no estaré muy lejos y mucho cuidado?
Han pasado un par de horas, la niña jugando en la puerta con la nieve, cuando dos forasteros se acercan hacia la casa.
Uno lleva una cicatriz grandísima en la cara, y el otro es un canijo altísimo, y muy feo.
La niña que los ve sale gritando hacia la casa; la madre sale con el rifle y dispara. Ellos se paran, levantando una mano.
¿Solo queremos agua para los caballos?
Pero Carolen estaba tan asustada, que no se fiaba y volvió a disparar al aire.
De pronto, Sócrates por detrás de ellos: "¿Soltar las armas?"
El de la cicatriz, sin volverse, le dijo: "¿Sócrates?".
El contexto: ¿Jonatán, ja, ja, ja, amigo, eres un maldito hijo de la gran puta?,
Se bajaron de los caballos y se abrazaron. Carolen desde la casa se quedó perpleja, al ver que se abrazaron.
Marcharon andando hacia la casa y allí prepararon un gran almuerzo para todos.
Pues Carolen era una magnífica cocinera; él la presentó como a su esposa, cosa que a ella le retorció las cejas, asombrada.
Ellos eran casi como hermanos, que también iban a por oro a las montañas.
Pasaron un par de días allí, para partir juntos, pero él no quería dejar a su esposa y la niña allí, como él le decía.
Y ella mucho menos quedarse sola.
Así que a la mañana siguiente, tomaron una carreta y cargaron todo lo importante y Sócrates amarró los caballos a la carreta.
Y salieron para la montaña; ya era primavera, así que el tiempo empezaba a mejorar.
En un par de días llegaron a la mina.
Allí había cabañas para los trabajadores de la mina, así que ellos tomaron una en lo alto de la montaña, donde la vista era preciosa.
Él empezó a la mañana siguiente a trabajar; aquello era muy duro de sol a sol, los días eran interminables, pero Sócrates, cuando regresaba a su cabaña y veía a esa hermosa mujer, se le quitaban todos los males, así que trabajó duro, pues había gran cantidad de oro, mientras los demás se gastaban en la cantina lo que iban ganando.
Ellos lo iban guardando todo.
Allí se pesaba el oro todos los días, el que cada uno iba sacando.
Aquel que le pillaran robando o escondiendo el oro, ese lo liquidaban de un disparo.
Sin preguntar,
Ellos hablaban mucho, por las noches, mientras él tomaba a aquella niña en sus rodillas; él la quería mucho, bueno, a las dos.
Ellos decían de comprar un gran rancho cerca del pueblo.
Así ella saldría de compras de vez en cuando.
Y esta es la historia de este buscador de oro, que encontró un tesoro, en una cabaña en llamas. FIN
ENRIQUE NIETO RUBIO,
DERECHOS RESERVADOS.
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.
IJ.C.DOIA.D OO.98





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